Si vas un martes por la noche al Parque de Santiago, es casi seguro que, mientras más te acerques a su explanada, escucharás incrementar los murmullos, los instrumentos del danzón y los pasos de sus bailarines en la pista. Estos últimos, sonidos apenas perceptibles para el oído, pero más que notorios para el corazón.
Un poco de historia…
Alrededor del grupo acompasado, habitamos los espectadores. Locales, extranjeros; gran parte de ellos con mayoría de edad. Las noches de los martes de “Remembranzas musicales” se han vuelto una tradición en la ciudad de Mérida, una atracción cultural incluso, ¿y cómo no? Si nuestra ciudad fue –junto con el Puerto de Veracruz– una de las antesalas del país que dio impulso a este ritmo a finales del siglo XIX.
El origen del danzón se remite al cruce entre la danza y contradanza europea, los ritmos haitianos y la influencia de negros y mulatos que llegaron a Haití y Cuba. Si desearas tener idea de cómo suena dicha mezcla, te recomendamos escuchar el primer danzón en la historia, “Las alturas de Simpson” (1879) de Miguel Faílde Pérez, o el considerado primer danzón mexicano, “Flores de Romana”, compuesto por Juventino Rosas en 1883.
Así te darás cuenta de cómo el danzón vuelca con facilidad sus ritmos dentro de las entrañas de quien le oiga y, por esa razón, ha sido protagonista de la memoria mexicana durante décadas. Pero esos tiempos han cambiado, y lo que alguna vez fue la música que ambientaba las veladas de los jóvenes enamorados, ahora se considera un baile para “gente mayor”.
Por eso nos hemos dado a la tarea de visitar estos espacios en los que los instrumentos de viento retumban pacientes, pero con firmeza. Y al estar en medio de la multitud, nos hemos dado cuenta de que la cantidad de jóvenes ahí, es mínima. A partir de cierta generación, el danzón dejó de considerarse el plan ideal para el fin de semana.

El danzón en el presente
Preguntémonoslo sin darle más vueltas al asunto, ¿Qué es lo que ha ocasionado el olvido del danzón por parte de las nuevas generaciones?, ¿es que nada tiene ya para aportarnos? Ciertamente es un género que representa visiones del mundo distintas a las actuales, pero, qué de estas visiones puede ser rescatado, reformulado, tal vez.
Así que la pregunta no es qué significa el danzón para las nuevas generaciones –la respuesta cruda sería “indiferencia”– sino, ¿Qué podría significar?, y si deseáramos que significara algo ¿de qué manera podríamos acercarnos a él?
Los ritmos para bailar en pareja o salir de fiesta, sobran. Las nuevas generaciones tienen referentes contemporáneos y, aunque estos son ritmos igual de interesantes, la sensación que deja el bailar al son de “Nereidas” no es la misma a la que te deja “Party” o “Bizcochito”. No es mejor tampoco, sólo distinta. Nuestros cuerpos pueden jurarlo, lo sabemos de aquella noche en la que nos mezclamos entre las parejas, en su gran parte conformadas por personas de la tercera edad. En ese momento no existieron edades, sólo un movimiento al unísono.


La manera para acercar a las nuevas generaciones al danzón es ésta. Hablar de ello, intentarlo, visitar esos espacios en los cuales se abren las puertas para recibir su ritmo, y cuando decimos “puertas” no nos referimos a unas de madera o herrería –la explanada del Parque de Santiago ni siquiera se encuentra bajo techo–, sino a las del pensamiento y la voluntad.
Ofrecer la posibilidad de vivir sonidos y movimientos que permearon la memoria de nuestros abuelos. Revisitar con respeto el pasado, y con necesaria apertura al consecuente cambio que producen las nuevas miradas en las cosas que observan.





